LA PRIMER BATALLA AERONAVAL DEL MUNDO

Tuvo por escenario la Bahía de Topolobampo, México, en marzo de 1914.

LA PRIMER BATALLA AERONAVAL DEL MUNDO.

Por Manuel Ruiz Romero.
 El día 14 de abril de 1914, el capitán de ingenieros y piloto aviador Gustavo Salinas Camiña y el mecánico naval Teodoro Madariaga, desde un biplano G.L. Martin “Pusher” bombardearon el buque de guerra “Guerrero” obligándolo a abandonar su posición de batalla frente al cañonero “Tampico”, en lo que legítimamente debe considerarse, desde el punto de vista histórico, como la primer batalla aeronaval del mundo.
Consideraciones preliminares.
En la historia de la Aeronáutica Mundial, pese a tratarse de una actividad dentro de la época contemporánea, suele ocurrir con demasiada frecuencia que determinados acontecimientos resulten conflictivos debido a reclamaciones que algunos países o historiadores hacen sobre si ésta o aquélla hazaña ocurrió “por primera vez en el mundo”.

 En la historia aeronáutica la guerra en el aire es, a pesar de lo negativo que pueda tener toda acción bélica, interesante y hasta apasionante el estudiar a fondo algunos sucesos ocurridos por primera vez en el mundo por muy diversas razones. No debemos olvidar que de la utilización de la aviación con fines militares nacieron numerosos adelantos y que fue la aplicación militar la mejor promoción que recibió la aviación en general, entre otras razones por la aureola de romanticismo que tuvieron aquellas hazañas a cargo de personajes que se han granjeado un lugar en la Historia Universal.

México es un país que legítimamente reclama que determinados acontecimientos civiles unos, militares otros que fueron realizados en nuestro suelo “por primera vez en el mundo”.
Los orígenes de la aviación tienen en casi todo el mundo una gran similitud;  los pioneros son jóvenes deportistas y aventureros que logran hacer posible el vuelo de los más pesados que el aire y, una vez que el hecho es una realidad indiscutible los gobiernos se percatan que desde el aire se observa y ataca muy bien y se destinaron recursos a su desarrollo y aplicación, llegando a tener uso casi exclusivamente militar, para luego definirse en sus dos ramas esenciales y cada una de ellas tomar un diferente camino para llegar a la imponente realidad de hoy.

Las primeras actividades militares tuvieron como objetivo emplear la aviación como “ojos de ejército”, como lógica continuación de lo que había ocurrido con globos y dirigibles y dando la razón al Duque de Wellington, vencedor de Napoleón en Waterloo, que había asegurado que “el general que sepa lo que ocurre al otro lado de la colina, ganará la batalla”.
Por otra parte y hablando de la posible aplicación de la aviación a las campañas militares, el general Ferdinand Foch, director de la Escuela de Guerra de Francia y luego comandante supremo de los ejércitos aliados en la Primera Guerra Mundial, al terminar una exhibición aérea exclamó: “todo esto es deporte”.

Primeras acciones bélicas.
Pero el mundo, para variar, estaba enfrascado en una serie de guerras que ofrecían grandes oportunidades para que el deporte dejara de serlo y los aviones se transformaran en excelentes medios de combate.
Durante la guerra de Tripolitania entre Italia Y Turquía por la posesión de Libia y el Dodecaneso (1911-1912) se registraron las primeras aplicaciones prácticas del avión como arma de guerra. Un cuerpo aéreo integrado por pilotos, dos aviones Blériot XI, tres Nieuport, dos biplanos Farman y dos Taube, al mando del Capitán Carlo Piazza fueron trasladados en tres barcos de transporte y desembarcados en Trípoli.
El 22 de octubre de 1911 el propio Piazza a bordo de un Blériot XI realizó una misión de observación sobre las líneas turcas. Al día siguiente el avión de Piazza tuvo un camarada en el aire pues el capitán Ricardo Moizo lo acompañó en un Nieuport también en un vuelo de reconocimiento. Les siguieron otros vuelos similares y lo que tenía que suceder ocurrió, pues el día 25 el avión del capitán Moizo aterrizó con 23 impactos de fusil por disparos hechos desde tierra.



Los italianos se tomaron muy seriamente su papel de adelantados en esta primera guerra aérea y el 28 de octubre el capitán Piazza dirigió desde su Blériot el fuego de la artillería de su ejército. El día 1° de noviembre siguiente el teniente Giulio Gavotti lanzó cuatro bombas Cipelli de dos kilogramos cada una sobre un campamento turco, volando un Taube a más de 800 metros sobre el terreno para no recibir los impactos de la fusilería enemiga. Pero los turcos se aprendieron bien la lección y el día 15 de diciembre emplearon la artillería para repeler el avión del teniente de navío Boberti que realizaba un vuelo de reconocimiento.



Ya en 1912, el 15 de enero, los italianos se apuntaron un nuevo tanto en algo que puede considerarse como la primera aplicación de la aviación en la guerra sicológica, al lanzar desde el aire impresos con propaganda coránica dirigida a los habitantes de Bengasi a los que invitaban a sacudirse el dominio turco.
El 31 de enero fue herido el capitán Carlo Montú. El 24 de febrero el capitán Piazza tomó desde el aire fotografías aéreas de los atrincheramientos enemigos. El 11 de junio el capitán Alberto Marengo realizó un bombardeo nocturno y el 10 de septiembre el capitán Moizo, que llegaría a general, fue apresado al verse obligado a aterrizar en territorio enemigo a causa de un paro de motor.



Sin duda alguna que todas estas acciones enumeradas ocurrieron por primera vez en el mundo ya que era la primera guerra en la que actuaba la aviación, al respecto no hay la menor duda. Esta especie de ensayo general tuvo tal impacto que permitió al mayor del ejército italiano Giulio Dohuet, luego famoso en todo el mundo por sus teorías sobre las aplicaciones tácticas y estratégicas de la aviación en la guerra, escribir que “desde lo alto se ve muy bien y se ataca muy bien. Para aprovechar al máximo estas ventajas es necesario el dominio del espacio aéreo”. Frase que mantiene plenamente su vigencia 94 años después.
Una vez comenzadas las aplicaciones militares de la aviación, éstas ya no pararán, por el contrario, irán creciendo conforme se obtienen ejemplares lecciones. Así, durante el transcurso de la Primera Guerra Balcánica (1912-1913) en la que Serbia, Montenegro, Grecia y Bulgaria se unieron para combatir a los restos del Imperio Turco, los búlgaros tuvieron una unidad aérea formada por varios aviones franceses, alemanes e ingleses, de la que formó parte el técnico Francesco Santarini, técnico de la casa Vickers. De esta campaña han quedado registrados el bombardeo de las tropas turcas en Adrianápolis a cargo del teniente Radal Milkov, y el hundimiento de una cañonera turca que fue bombardeada desde aviones.



Durante la Segunda Guerra Balcánica (1913) en la que Bulgaria se tuvo que defender de la coalición formada por Grecia, Serbia y Montenegro, los búlgaros emplearon nuevamente la aviación sin que quedaran registrados acontecimientos relevantes.
Decíamos que la aviación había llegado para quedarse en los ejércitos y esta afirmación vuelve a manifestarse en la Guerra del Rif que España emprende para pacificar las partidas rebeldes en la zona de su protectorado de Marruecos. El 13 de octubre de 1913 llegaron a Sania Ramel, un llano cercano a la ciudad de Tetuán, capital del protectorado, cuatro aviones Farman, cuatro Lohner y cuatro Nieuport, con pilotos y personal auxiliar, todos ellos al mando del capitán Alfredo Kindelán, que luego sería jefe de la aviación del bando nacionalista durante la Guerra Civil Española.
El primer vuelo de observación se efectuó el 3 de noviembre en que volaros tres aviones tripulados por el capitán Kindelán y los tenientes Olivé y Alonso. El día 5 efectuaron el primer bombardeo sobre posiciones enemigas utilizando granadas de mortero que lanzaban por la borda. Luego perfeccionaron la técnica y colocaron al avión un tubo que atravesaba el piso y cuando el objetivo quedaba en el campo visual dejaban caer la bomba.
El día 9 de noviembre el teniente piloto Julio Ríos y el capitán observador Manuel Barreiro resultaron heridos por balas de fusil, logrando regresar a su base y salvar el avión.
El 27 de julio de 1914 el Imperio Austro-Húngaro declaró la guerra a Serbia, dando inicio a una terrible conflagración que al principio recibió el nombre de Gran Guerra Europea y terminó siendo la Primera Guerra Mundial.
Hasta aquí nos hemos referido a los acontecimientos militares en que intervino la aviación hasta llegar a una fecha inmediatamente posterior al combate aeronaval de Topolobampo para tratar de dejar claramente expuestos los hechos que pudieran afectar nuestra tesis de que dicho combate, efectuado en la Bahía de Topolobampo, Sinaloa, México. Fue el primero de su tipo en el mundo. Lo que ocurrió posteriormente, desde el punto de vista cronológico –cuestión fundamental en el tema que se trata- no puede afectar en nada nuestra tesis, pues la cronología no puede ser alterada al gusto de cada quien.

 La Armada Mexicana.
Mientras ocurrían en diversos lugares del mundo los hechos relatados, México se encontraba inmerso en las luchas revolucionarias entre constitucionalistas y huertistas en busca del regreso a la legalidad constitucional.
Para el año de 1913 la fuerza naval mexicana estaba formada por dos escuadras, ubicadas cada una de ellas en nuestros dos grandes mares ribereños.
En el Golfo de México se encontraban los cañoneros “Zaragoza”, “Bravo” y “Veracruz”, el transporte artillado “Progreso” y el buque escuela “Yucatán”.

En el Océano Pacífico la escuadra la componían los cañoneros “Tampico y “Morelos”, el transporte artillado “Guerrero” y los pontones “Oaxaca” y “Demócrata”.
El “Tampico” fue construido en los astilleros Elizabeth de Estados Unidos. El casco era de acero/níquel, desplazaba 600 toneladas, tenía dos calderas Babcok & Wilcox y una velocidad de 10 millas ph. Sus medidas eran 41 metros de eslora, 6.7 metros de manga y 4.65 metros de puntal (1). El armamento lo formaban dos cañones Bethlen de 4”, seis piezas de tiro rápido de 57 mm y un tubo lanza torpedos que nunca fue usado. El “Tampico” y su gemelo el “Veracruz” salieron de Nueva York en mayo de 1904 al mando del capitán de Navío Manuel Azueta, con rumbo a Veracruz. En 1906 el “Tampico” fue destinado a la flota del Pacífico para lo cual debió hacer un viaje por el Océano Atlántico hasta Cabo de Hornos y de allí subir hacia Guaymas por el Pacífico, todo ello al mando del capitán José Servín.
El “Guerrero” fue construido en los astilleros Barrow de Liverpool, Gran Bretaña, desde donde navegó por el Atlántico al Pacífico, con escalas en Islas Canarias, Pernambuco, Buenos Aires, Punta Arenas, Talcahuano y Callao, para llegar a su base de Salina Cruz en noviembre de 1905, al mando del capitán de navío Manuel Azueta. Tenía dos calderas y estaba armado con seis cañones Cannet de 100mm.





El “Morelos” era un cañonero construido en Italia, gemelo del “Bravo” y los pontones “Demócrata” y “Oaxaca” eran dos buques auxiliares destinados a transporte de implementos, abastecimientos y tropas.
 Se enfrentan el “Tampico” y el “Guerrero”.
Al adquirir fuerza la revolución constitucionalista contra el usurpador Victoriano Huerta, toda la escuadra del Pacífico fue enviada por mandato federal al Noroeste para apoyar las guarniciones de las ciudades costeras de la amenaza que suponían las tropas constitucionalistas que en Hermosillo había organizado el Coronel Álvaro Obregón. Esta situación permitía que dichas guarniciones pudieran ser abastecidas por mar de armamento y víveres sin mayor riesgo ya que los constitucionalistas no poseían barco alguno. Integraban esta fuerza naval los cañoneros “Tampico” y “Morelos”, el transporte militar artillado “Guerrero” y los pontones “Oaxaca” y “Demócrata”, cuyo mando ostentaba el capitán de navío Ignacio Torres que enarbolaba su insignia en el “Guerrero”.



El 24 de febrero de 1914 la tripulación del cañonero “Tampico” desconoció a su capitán, el teniente Manuel Castellanos y se hizo del mando el teniente Hilario Rodríguez Malpica, que abandonó Guaymas y se pasó al bando constitucionalista fondeando en la Bahía de Topolobampo en espera de órdenes de Obregón.
Los barcos federales “Morelos”, “Guerrero”, “Oaxaca” y “Demócrata” al mando del capitán de navío Ignacio Torres, recibieron órdenes de impedir la salida del “Tampico” de su refugio, bloqueando su salida y atacarlo si se ofrecía la oportunidad. Ante esta situación de manifiesta inferioridad el capitán del “Tampico” únicamente se aventuró a realizar algunas breves escaramuzas con salidas de reconocimiento, en algunas de las cuales intercambió algunos cañonazos con los barcos enemigos, lo que fue suficiente para comprobar la superioridad del enemigo.
Cuando Obregón mandó a sus columnas iniciar el avance hacia Mazatlán, dejando sitiada la plaza de Guaymas, el “Morelos” recibió órdenes de reforzar a la guarnición del puerto mazatleco. Era el 31 de marzo de 1914. Al disminuir en un alto porcentaje las fuerzas que lo mantenían bloqueado, Rodríguez Malpica se atrevió con una arriesgada maniobra y salió de la bahía con el objeto de tratar de burlar al “Guerrero” y contribuir en alguna forma a apoyar las tropas constitucionalistas.



Ese día se entabló un encarnizado combate entre los dos barcos de guerra mexicanos. El “Guerrero”, que esperaba en mar abierto, se puso en marcha para enfrentarse al “Tampico” que, entre el Monte de las Gallinas y el Monte de San Carlos, enfiló la proa al canal a toda máquina y al llegar a la altura de Punta Copas y Punta Prieta comenzó a disparar el cañón de proa. Eran las 4.35 de la tarde y se produjo un intenso intercambio de artillería en el que los dos barcos emplearon sus cañones de mayor calibre y los ligeros. El combate se inclinaba a favor del “Tampico” que mantuvo a raya al “Guerrero” batiéndolo de metralla. La situación se ofrecía propicia para salir de la encerrona y Rodríguez Malpica intentó una maniobra audaz para salirse de la barra, cosa que de lograrse lo alejaría del enemigo pues era el más veloz de los barcos. Mas para evitar los bajos de la barra se acercó demasiado al “Guerrero”, a menos de 2000 metros. Y la más poderosa artillería de éste logró varios impactos bajo la línea de flotación, alguno de los cuales atravesó al “Tampico” de lado a lado, por lo que el agua comenzó a entrar a diversos compartimentos. El heroico Malpica, que dirigía el combate desde el puente de mando gritando órdenes a los artilleros y a los maquinistas, al sentir el barco herido de muerte, no quiso exponer a sus hombres a hundirse con él lejos de la costa y ordenó retirada. Batiéndose solamente con el cañón de popa, el “Tampico” alcanzó la rada y después de rebasar Punta Copas y Punta Prieta encalló en los bajos fondos, quedando escorado de babor y ligeramente levantado de proa y con un solo cañón en condiciones de tiro.
El combate había sido terrible pues el “Guerrero” disparó 155 granadas de 100 mm y el “Tampico” 65 de 4” y 170 de 57 mm.
Durante la noche en el “Tampico” se trabajó intensamente tratando de tapar las vías de agua pues tenía 18 agujeros bajo la línea de flotación, cosa muy difícil de lograr. A la mañana siguiente, 1° de abril de 1914, los marineros del “Tampico” muertos en combate fueron enterrados en Punta Copas.
 El “Guerrero” tenía daños en buena parte de la amura de babor, toldillas, camarotes y macheros de babor, puente de mando y tres de sus seis cañones habían quedado fuera de servicio, pero mantenía toda su capacidad de maniobra y la potencia de sus calderas por lo que siguió vigilante frente a la barra.



El avance de Obregón.
Regresemos al 1° de mayo de 1913 en que Álvaro Obregón, instalado en Empalme, se preparaba para atacar el puerto de Guaymas. La guarnición federal, al mando del general Miguel Gil, recibió 1500 hombres de refresco que llegaron a bordo de los barcos “Guerrero”, “Morelos”, “Tampico”, “Oaxaca” y “Demócrata”. Las fuerzas huertistas se prepararon para contraatacar a Obregón, hacerlo retroceder y apoderarse de Hermosillo. Pero este ejército a pesar de contar con artillería de campaña y el apoyo de los cañones de los barcos huertistas, fue derrotado por Obregón en Santa Rosa durante los combates efectuados los días 9, 10, 11, 12 de mayo de 1913.
Los huertistas regresaron a Guaymas donde nuevamente recibieron refuerzos con el general Pedro Ojeda, quien se hizo cargo del mando de la llamada División del Yaqui. Reunidos unos 6000 hombres apoyados por 20 ametralladoras pesadas, 16 cañones de grueso calibre y la artillería de los barcos surtos en el puerto, Ojeda organizó otro contraataque para enfrentar a Obregón, pero también fueron derrotados en Santa María en combates efectuados entre los días 21 y 26 de mayo.



Para aprovechar los efectos de estas victorias, Obregón ordenó la movilización general para atacar Guaymas, pero solamente consiguió estrechar el cerco de la plaza pues las tropas huertistas disponían para su defensa de varios fuertes que la protegían y eran prácticamente inexpugnables, contaban con numerosa artillería, municiones y hombres que eran constantemente abastecidos por mar. Ante la imposibilidad de tomar la plaza por asalto y contra todos los principios de las normas convencionales de la guerra, Obregón dejó sitiada Guaymas con fuerzas suficientes colocadas en buenas posiciones y ordenó el avance de sus tropas siguiendo hacia el sur hacia los demás puertos importantes del Pacífico.
Con este plan Obregón logró mantener entretenidas cuantiosas tropas huertistas en la defensa de los puertos, mientras él con su columna iniciaba un avance incontenible hacia la Capital de la República en donde Huerta estaba muy debilitado por la dispersión de su ejército.